Berlín, mon amour

Si alguien me dijera en algún momento “¿dónde quieres estar?”. Al 99% le respondería que andando por Unter den Linden camino a la Puerta de Brandenburgo, o sentado en algún lugar de Alexanderplatz viendo a la gente reunirse, hablar, caminar; o paseando por la East Side Gallery viendo a turistas haciéndose fotos delante del dibujo donde Erich Honecker se besa con Leonidas Breznev; o sintiendo el peso de la historia en Bernauer Strasse donde tanta gente sufrió por un Muro, un dichoso Muro. Sí, hablo como no, de Berlín. Ciudad de la que estoy enamorado desde que era poco más que un niño.

Berlin
Beso delante del beso
Imagen1
Al fondo la “torre de la tele”; detrás Conrad Schumman (el icono de la construcción del Muro) y delante un enamorado de Berlín.

¿Por qué este amor por Berlín? Creo que hay dos motivos que me llevan a ello. Uno es la fecha mágica del 9 de noviembre de 1989. Aquel día el Muro cayó, y con él, cayeron las lágrimas de aquellos que viviendo al lado no podían ver a sus familias, cayeron las lágrimas de alegría de gente que suplicaba libertad, cayeron los miedos ante una Stasi que controlaba la vida, los llantos, las penurias, las alegrías de todos los que no concordaban con los ideales de un régimen arcaico y trasnochado, y que tan bien refleja esa magnífica película que es La vida de los otros. Y esa noche Berlín no durmió, Berlín celebró una ilusión por recuperar 28 años perdidos, celebró la ilusión por un futuro lleno de cambios. Yo era un crío en aquella época, pero aquellos llantos, aquellos abrazos,besos, aquel jolgorio, sólo podían significar algo bueno. Quizás no fue hasta años más tarde cuando caí en la cuenta del enorme significado de aquella fecha, pero da igual, por esto tengo claro que si me dieran a elegir qué momento de la historia te hubiera gustado vivir, siempre diré el 9 de noviembre de 1989 en Berlín.

Y ¿por qué se hizo el Muro? Berlín era una ciudad dividida tras la Segunda Guerra Mundial. Las grandes potencias (URSS, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) tenían cada una su parte de la ciudad, pero las tensiones eran infinitas. Primero los soviéticos bloquearon la zona occidental en sus pasos terrestres, pensando que así la parte aliada caería, pero llegaron los aviones de británicos y americanos que durante más de un año lanzaron víveres para que la población pudiera alimentarse. Estados Unidos no permitiría que la URSS se hiciera con el control del símbolo de Alemania. Una Alemania que había que reconstruir, y a la que había que aplicar las tres D, desnazificar, democratizar y desmilitarizar. Pero era una Alemania dividida, como Berlín, y se formalizó en 1949 con la creación por un lado de la República Democrática de Alemania (RDA) bayo el yugo soviético. Y por otro la República Federal de Alemania con control occidental. Y en medio de la RDA, Berlín. Y así en la década de los 50, mientras una parte de la ciudad crecía bajo el manto de Occidente, otra sobrevivía como podía y la gente protestaba porque pasaba hambre, porque vivían como esclavos, y el 17 de junio de 1953 la gente se sublevó. Pero la revuelta fue sofocada, y muchos no pudieron vivir para contarlo, pero su lucha y su tenacidad siempre quedará en el recuerdo.

Y así seguían los años, unos cada vez mejor y otros peor, y los berlineses orientales salían de los controles y ya no volvían. ¿Cómo iban a volver a un lugar donde no podían cumplir sus sueños? Un lugar donde sólo eran piezas de un puzzle que era dirigido por personas que vivían en lujosas casas y con todo a su alcance. Y así llegamos al 13 de agosto de 1961, los dirigentes de la RDA tienen que frenar de alguna manera la huida de tanta gente, se están quedando sin mano de obra y el país no funciona igual.  Se puede ver en la portada de La Vanguardia de aquel día, justo el día que comenzó el muro de la infamia. Los berlineses se despertaron un domingo y vieron que algo iba a cambiar sus vidas para siempre, los albañiles empezaban a cavar zanjas, los alambres de espino marcaban el territorio. Había miedo, incertidumbre, tristeza,.. Y en Bernauer Strasse el Muro pasaba por medio de las viviendas, sus propietarios estaban rodeados, el ejército iba a tapiar las ventanas y demolerlos, y ellos no podían hacer otra cosa más que huir, dejando imágenes que agrietan el corazón de cualquiera con un mínimo de sentimientos. Familias separadas, gente huyendo por las ventanas, bien saltando o bajando con sábanas.  Fueron días de pánico que nunca se debieron vivir.

Pero los albañiles siguieron, y el ejército también, y el Muro vio la luz y no trajo más que dolor y desesperación donde antes había familias unidas, y quizás algo de felicidad. Pero la gente quería huir porque se habían quedado encerrados en un mundo sin porvenir, sin sueños. Y llegaron las primeras víctimas, los primeros damnificados de la vergüenza. Peter Fechter de 18 años era un obrero de la construcción que quería visitar a su hermana que vivía en Berlín Occidental, pero el visado le era denegado. Pero él quería ser libre, y así decidió que había que huir de alguna manera. Junto a su amigo Helmut Kubelik decidieron que había que intentarlo, y el 17 de agosto de 1962 aprovechando un momento en que los guardias no miraban, saltaron el Muro, pero mientras Kubelik pudo llegar al otro lado, Fechter fue herido por los disparos de los guardias fronterizos. Y comenzó la tragedia. Había quedado en tierra de nadie, y nadie fue a ayudarle. Durante una hora permaneció tendido en el suelo desangrándose, mientras los guardias de un lado y de otro no entraban a socorrerle por miedo a iniciar un combate. Finalmente, los guardias de Berlín Este lo recogen ya moribundo entre gritos de “asesinos, asesinos” de una multitud que se ha visto sorprendida por la presencia de disparos. Fue la primera víctima de muchas, demasiadas personas que sólo querían vivir mejor, ver a sus familias, ser libres. Como Nino Bravo canta en su canción dedicada a Peter Fechter

Y así continuó durante 28 años, con gente construyendo túneles para poder pasar al otro lado, gente nadando por las aguas del Spree durante la noche intentando no ser vistos por los guardias, o escondiéndose en maleteros de coches donde casi no cabía una maleta. Muchos pasaron, pero hubo gente que se quedó en el camino. Sirva esta imagen del Memorial de Bernauer Strasse para que nunca se les olvide, ni nunca perdamos la memoria respecto a lo que sucedió.

Fotografía-del-Memorial-del-Muro-de-Berlín

Pero Berlín es mucho más que el Muro. Berlín es vida, libertad, multiculturalidad. Como decía antes, estar sentado en Alexanderplatz viendo a un grupo de jóvenes que han quedado para pasar la tarde, o a esa pareja de ancianos que se aman igual que hace 50 años, o a ese matrimonio con hijos que ha venido a hacer turismo, me transmite felicidad. Y cada uno de un color, de una religión, de distintas nacionalidades. Y si hay que preguntar algo, siempre hay una palabra amable, un “lo siento, no puedo ayudarle”. Siempre recordaré aquella encuesta que hice con un chico de ventipocos años que me preguntaba por el funcionamiento del transporte público en Berlín. Entre lo poco que sé de alemán, lo algo más que sé de inglés y el poco castellano que manejaba el muchacho pasamos un buen rato. O esa mujer encargada en el Palacio de Cecilienhof en Potsdam, que viendo nuestra cara de pena cuando nos dijo que teníamos que esperar dos horas para la próxima visita, removió cielo y tierra para que pudiéramos entrar en una visita que estaba organizada. Y encima en español. O aquel francés que nos guió en la visita al museo de la Stasi en inglés. Siempre gentil, siempre sonriente. Sí, es su trabajo, pero hay maneras de hacerlo.

Porque Berlín es historia. En todo momento se respira el siglo XX, desde Postdamer Platz, que fue el centro neurálgico de Europa en los años 20, y donde se instaló el primer semáforo de Europa, y ahora es un lugar de edificios modernos donde se celebra el Festival de Cine de Berlín, se da un paseo hasta la puerta de Brandenburgo pasando por el memorial del holocausto y sintiendo un escalofrío pensando en la cantidad de vidas inocentes que la locura del régimen nazi segó. Y si seguimos un poco más, siguiendo el muro por cierto, bien marcado en los adoquines, llegamos al Reichstag. “Dem deutschen Volke” pone en su fachada, “al pueblo alemán”. Y encima está la maravillosa cúpula que Norman Foster diseñó, y si alguién quiere saber algo más de ella, mejor leer este fantástico artículo escrito en Jot Down. Como símbolo de un nuevo Berlín, de una nueva Alemania unificada, de una ciudad moderna y no anclada en un pasado oscuro y lúgubre. (..continuará)

Cúpula

 

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