Que te vaya bonito, Agustín

De una manera u otra mi vida ha ido ligada a un nombre, Agustín Polo. Puedo decir con orgullo que le conocí, y sé a ciencia cierta que durante su vida ha hecho, o ha intentado por lo menos, hacer un mundo mejor. No recuerdo cuando sería la primera vez que lo vi, pero sí están en mi memoria yendo en coche, un Citroén Tiburón creo que era, a recoger a mi hermana al colegio en el coche, o las mil y una anécdotas que le he escuchado a mi padre, que me hacen sentir como si hubiera estado allí.

No por esperada una noticia deja de ser triste. Ay, el maldito Alzheimer, ¡qué enfermedad tan puñetera! Intento pensar palabras para escribir, pero sólo me vienen imágenes, imágenes de mi padre y de Agustín, de Agustín y de mi padre, o a mi madre cogiendo el teléfono porque Agustín estaba buscando a mi padre, o mi padre hablando con él por teléfono, o preguntando a Rosa (también te echamos de menos) donde diantres estaba. O sabiendo que allá por el año 1974, cuando yo no era ni un proyecto de embrión, tenía entre mis brazos a mi hermana mientras un párroco la bendecía con agua bendita.

Estamos aquí de paso, que banalidad tan cierta, pero cuando hay gente que deja huella, gente que trabaja lo que haga falta, y un poquito más, gente que agradece cuando hay que agradecer, que ayuda cuando hay que ayudar, que lucha cuando hay que luchar, a esa gente no debemos olvidarla nunca. Y así era Agustín, con sus virtudes y defectos, una buena persona. Y más de esas hacen falta en este mundo. Que la tierra te sea leve, Agustín.

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