La mujer que no cruzaba la calle

No había día que no faltara. Con las mismas zapatillas rojas de andar por casa, la misma bata beige y unas gafas negras que escondían una mirada nerviosa, distante, quizás como perdida. El semáforo se ponía en verde, pero ella nunca cruzaba. Quizás levantaba la mirada y buscaba algo en el horizonte, pero ¿ el qué ? ¿ Tenía miedo a cruzar ? Mi inseparable timidez y mi falta de valor me impedía hacer la pregunta que debía hacer  :

-” Señora, ¿ quiere que le ayude a cruzar ? ¿ Se encuentra bien ? “

Y continuaba andando, no sin echar la vista atrás y ver que la señora, unos 75 años, seguía emplazada en el mismo sitio donde la había dejado. Y el semáforo volvía al verde, y ella continuaba impertérrita en ese metro cuadrado que parecía haber alquilado a esas horas de la mañana. Y yo tomaba camino de casa, aunque de vez en cuando me volvía a la cabeza la señora del semáforo.

Por momentos los recuerdos de mi infancia se agolpaban en mi cabeza. En mis dos abuelas sentadas en dos sofás contiguos, charlando mano a mano, o hablando poco, no eran muy habladoras, y yo haciéndolas rabiar. Hasta que, como dice el chiste, ese señor alemán del que no recuerdo el nombre llegó. Sí, ya me acuerdo, Alzheimer. El alzheimer llegó y mis abuelas ya no sabían quién era yo, ni quién eran sus hijos, ni cuando tenían que ir al baño o cuando tenían que comer. Y me quedaron muchas preguntas por hacer, muchas cosas por saber de ellas, pero sobre todo, me quedaron muchas disculpas por pedir. Porque fueron muchas las veces que me enfadé sin razón con ellas, que les dirigí malas palabras. Y sí, yo no sabía que les pasaba, pero no son excusas, a una abuela, a una madre, a un padre, a un abuelo, a nadie se le puede reprochar nada sin sentido, sólo porque no te satisface lo que hace, o porque no entiendes sus respuestas o sus cabezonerías.

Pero volvamos a la señora del semáforo. Mis primeras sospechas me acercaban a la demencia, al alzheimer, pero llegó el día que todo cambió. Quizás ese día le hubiera dicho algo, no creo, pero allí estábamos los dos esperando que el semáforo se pusiera en verde. Y ella seguía con la mirada en el horizonte, yo miraba también y no veía nada. Veía coches, casas, pájaros, las nubes, … Hasta que llegó un autobús, y el conductor sonreía, y soltó una mano del volante para llevar su palma a sus labios. Y lanzó un beso al aire con su mano tras despegar la mano de su boca en dirección nuestra. Y no, no era a mí, era a la madre que todos los días pasaba a ver a su hijo en su recorrido. Una madre que ya no tenía la mirada perdida tras sus gafas, una mirada ausente ni dolorosa, tenía la mirada de una madre orgullosa de poder ver y saludar a su hijo como todos los días. Y sonreí hacia mis adentros pensando en todas las películas que mi cabeza había imaginado sobre esta señora. Y caminé hacia mi casa no sin volver la vista atrás aún sabiendo que ya no estaba  la mujer que nunca cruza la calle, porque  ya estaba camino a casa con la satisfacción de haber visto a su hijo un día más.

P.D. Para mis dos abuelas y para mi madre. Os quiero.

P.D.2. A la señora que muchos días espera en el semáforo de Duques de Nájera a la altura de la calle Lardero. Y que sean muchos más.

 

 

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